ALGUNAS MUERTES

Colección LA CATEDRAL

Ficha técnica

Autor: Miguel Ángel Torres Vitolas

Género: Novela, novela fantástica, post terrorismo

Año 2017

pp. 180

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Precio de venta: S/ 39.00

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Descripción

Sobre Algunas muertes

«Algunas muertes presenta una espectral comunidad de subjetividades y tramas que, en su extrañeza y siniestro lirisimo, inquietan con sus dislocaciones verbales e imaginativas. Torres Vitolas, en esta inusitada y desafiante novela, despliega una escritura desde el cuerpo, desde las heridas, pero atenta a lo fantasmal, lo velado y paradojal».

Richard Parra

Principio

(fragmento)

Una pequeña piedra blanca pareció dudar en el aire luego de golpear las ramas secas que se entreveraban y terminó volviendo hacia ellos, cerca de sus pies. Manolo y Sebastián se miraron con una breve sonrisa. Los dos terminaban de arrojar las piedrecitas que habían llevado en las manos contra los arbustos amargos que aparecían por encima del muro que rodeaba el camposanto. Las lanzaban haciendo un pequeño arco en el cielo; las lanzaban de frente, rápido, hacia un nido vacío que descansaba encrespado; hacia un pájaro gris que huía chillando. Manolo, que había estado en Lima con su papá hacía una semana, hablaba de la ciudad con un premeditado desdén y miraba sus manos abiertas, sus dedos largos y polvorosos que se sacudía palmoteando, mientras decía que su papá lo había llevado por el centro de la ciudad y por Miraflores y que habían comido un cebiche en la playa y no le había gustado. Sebastián recogió una piedra menuda y plana del piso y la lanzó. La vio repiquetear contra el borde superior del muro e irse luego de un brinco detrás de la pared. Pasó la punta del pie por el piso terroso buscando una piedra del mismo tamaño y luego de agacharse recogió algunas pocas que sopesó con una mano y arrojó después hacia un costado. Sebastián era dos años mayor que Manolo y cuando estaban en el colegio no se les solía ver juntos, ni en los recreos ni a la hora de salida, cuando los chicos se comenzaban a alejar en grupos. Solo cuando se escapaban, por la pared formada de tablones cerca del baño, terminaban uno al lado del otro y esa amistad distante, implícita, la habían aceptado sin decidirla. En esas horas que deambulaban por las afueras del pueblo, yendo al río a pescar o a la carretera a ver pasar los buses interprovinciales que cruzaban como espantados, eran casi amigos, aunque no lo eran nunca realmente. Cuando la tarde comenzaba y era momento de separarse, se golpeaban los hombros con la palma abierta, se hacían sencillamente adiós con la mano y se daban la vuelta rápidamente.