QUIEN GOLPEA PRIMERO, GOLPEA DOS VECES

Ficha técnica

Autor: J. J. Maldonado

Género: cuento, cuento fantástico, hiperrealismo

Año 2019

pp. 156

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Precio de venta: S/ 45.00

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Descripción

Sobre Quien golpea primero golpea dos veces:

«Este es un libro que deja sin aliento, tan brutal y salvaje como un puñetazo inesperado en el plexo solar. El autor no hace ninguna concesión al lector y nos descubre un mundo de pesadilla donde no hay redención posible. Sus historias, violentas y delirantes, resultan perturbadoras porque describen una realidad que se parece demasiado a la nuestra».

Guillermo Niño de Guzmán

Hans

(Fragmento)

Cuando abrió sus ojos después de la paliza, las sombras lo estaban observando, hambrientas, desde el fondo del corral. Agazapadas en las paredes y en el techo de uralita, lamían el aire y soltaban borborigmos que se confundían con el crepitar de la lluvia de Wolfsburgo. Parecían arañas inquietas, informes criaturas que se encrespaban al rozarse las unas con las otras. Hans Förtner, primer oficial de las Waffen SS, las conocía muy bien desde su infancia; sin embargo, nunca, en toda su vida, había estado tan cerca de ellas. Ahora sentía su aliento pútrido y severo que le castigaba el rostro y su olor a roña que reptaba por las fosas de su nariz. Podía ver sus perfiles moverse y brincar por todo aquel sótano gracias a un riso de luz que ingresaba por la rendija que daba con el descampado. Una costra de luna hería fuertemente el cielo. Un búho graznaba desde un pequeño matorral. ¡Auxilio!, gritó Hans al verse solo con las sombras, ¡Auxilio! Siempre las había visto aparecer en los espacios cerrados y oscuros, en las covachas o subterráneos donde se escondían los judíos que cazaba, en los grandes eriales al despuntar la noche. Durante su niñez y pubertad, estas criaturas lo habían aterrado hasta el punto de arrastrarlo al borde del suicidio en un despeñadero de Mittenwald. Pero en su adolescencia, mientras formaba parte de las Juventudes Hitlerianas, aprendió a ignorarlas y a escapar de ellas asociándose a la disciplina militar y al ejercicio. Después, al ingresar a las SS como soldado de élite bajo el mando del general Egbert Krumm, casi las había extirpado de su vida, aunque muy de vez en cuando las veía aparecer en la oscuridad haciendo sus horribles visajes. Por lo general, Hans trataba de evadirlas y jamás se desplazaba solo por las zonas con escaso alumbrado público. Dormía con la luz prendida y huía de los parques y arboledas en las noches. Se transformaba entonces en un militar débil, inseguro, en un simple yerbajo que podía ser desgarrado como un pez. Sin embargo, en sus incursiones a los guetos judíos o en las cazas de negros por los bajos fondos de Alemania, cobraba una extraña superioridad espiritual y física que hacía que las sombras desaparecieran por completo de su campo de visión. Al principio no se percató de este efecto, pero con el tiempo descubrió que la brutalidad y el salvajismo eran buen remedio contra la debilidad mental. Entonces se entregó de lleno a la carnicería. Dentro del cuerpo de suboficiales de las SS violó, cazó, humilló y mató a patadas a negros, judíos y homosexuales de todas las edades. También hizo otro tanto con alemanes desvalidos e indigentes tan arios como él. No hacía concesiones. No perdonaba nunca. Todo ser más débil que cayera en sus manos debía ser aniquilado.

En 1942, tras encabezar la deportación de noventa y dos niños judíos del gueto de Lodz al campo de exterminio Chelmno, fue ascendido a oficial superior y se tatuó, en honor al Führer, una esvástica en el plexo izquierdo. Con este rango demostró sus dotes organizativas, su fidelidad inquebrantable hacia Hitler y al nacionalismo, su tremenda disposición para asesinar sin pudor y su genio en el combate cuerpo a cuerpo. Se dedicó a torturar soldados aliados y a perseguir, encarcelar y desaparecer adversarios comunistas. Al poco tiempo, el comandante en jefe Heinrich Himmler lo integró a un oscuro núcleo ultrasecreto que infiltraba redes de espionaje en todos los órganos de seguridad del Reich. Allí cumplió todas sus misiones con éxito brillante y sus trabajos criminales fueron saludados en secreto por los altos mandos del Ejército alemán. En sus ratos libres comenzó a boxear y a cargar pesas de doscientas libras; a correr y a hacer ejercicios con desesperación febril. Hacía flexiones y abdominales al levantarse y antes de meterse a la cama. Saltaba la soga tres veces al día, sin descansos ni interrupciones. Su apetito se volvió voraz, casi animal. Como era de esperarse, terminó hecho un mastodonte destructor y abyecto que pasmaba a la gente en las calles. Lo más inusual de todo este proceso fue que comenzó a perder, de manera muy lenta, el apetito sexual por las mujeres y empezó a fijarse en los muchachos de culito rebosante y de brazos tostados por el sol de las Juventudes Hitlerianas. Esta nueva sensación lo llenó de asombro pero no le preocupó o, al menos, no le preocupó demasiado. Cada vez que sentía la presencia de las sombras salía de su casa en busca de judíos para asesinarlos y, de ese modo, espantar a los espectros que se retiraban serpenteando por los muros de los guetos. Había aprendido a convivir con esas cosas negras que ahora lo observaban desde lejos (prendidos de los postes, colgados de los techos) con cierto respeto.

En 1945, pese a la tenaz oposición del general Burke Lerman, llegó a convertirse en primer oficial de la Gestapo y desde entonces tuvo carta blanca para quebrantar la vida de la gente sin ningún impedimento. Dirigió un campo de concentración y, junto con el inefable Aribert Heim, realizó experimentos biológicos con cientos de reclusos. Gracias a su ayuda en el plan de inteligencia para bombardear la capital del Reino Unido, su carrera militar despegó y se convirtió en el engreído, en el perro salvaje, en la puta del Führer. Sin embargo, como todo cohete que despega, detona y muere, su inmunidad fue deshilvanándose a medida que los aliados se iban acercando, por todos los frentes, hacia el corazón de Alemania. Con el bombardeo de aviones norteamericanos a Berlín y la destrucción de la Cancillería del Reich y el edificio del Partido Nazi, el Cuartel General de la Gestapo comenzó a quemar archivos y documentos secretos para evitar que cayeran en manos enemigas. También empezó a expatriar a generales y oficiales de valía. Los sacó a todos, o a casi todos. A las buenas o a patadas. Pero a Hans ni lo miraron. Así, en el último asalto de la División de fusileros soviéticos al Cuartel General, Hans aprovechó la confusión para huir cambiando su uniforme militar por ropa de paisano. En el camino asesinó a dos soldados soviéticos y a un cabo inglés que intentaron cerrarle el paso. De Berlín llegó a salir ileso físicamente, pero con el alma y el nacionalismo destruidos por completo.

Al final de la Segunda Guerra Mundial pasó sus días vagando por los bajos fondos de su patria, sobrevivió a base de robos e insignificantes trapicheos. Algunas veces se masturbaba pensando en el garbo de los oficiales norteamericanos o pagaba a los golfillos para podérselos mamar en plena oscuridad. Sin ninguna otra esperanza en su vida, se entregó a los brazos del alcohol buscando una señal, cualquiera que fuera. Y entonces las criaturas aparecieron nuevamente. Comenzaron a acecharlo y a salir de los escombros de la ciudad. Cada noche se le iban acercando un poco más, reproduciendo horribles sonidos en un lenguaje de inframundo. A veces lo sorprendían en una esquina o lo cercaban como a una rata en cualquier rincón. La intangibilidad de estas cosas fue cobrando forma, sellándose. De modo que se vio obligado a convivir con aquellas sombras y espectros infernales. Por más de dos años se ocultó en los entresijos de Berlín, saltando de suburbio en suburbio, huyendo del acecho de los monstruos y de la cacería del ejército aliado, dejándose crecer la barba y el pelo, transformándose a diario en otro ser, en otro monstruo. Resistió todo lo que pudo, pero finalmente lo atraparon. Fue emboscado por dos soldados norteamericanos contratados por la organización extremista del poeta judío Abba Kovner. Ambos habían estudiado las idas y venidas de Hans por los bajos fondos de Wolfsburgo y se alegraron al descubrir que su presa se había convertido en un miserable y dudoso ser humano. Lo cazaron al salir de una taberna y le dieron la paliza de su vida. Un infausto golpe en el cráneo le apagó todos los sentidos y los soldados, maldiciendo en inglés, lo llevaron hasta un hangar abandonado en las afueras de la urbe. En este sitio lo arrojaron a un sótano y, jugando a las cartas y fumando cigarrillos, esperaron la llegada de los cazanazis sionistas para la ejecución.